¡Venerados hermanos cardenales,
queridos hermanos y hermanas en Cristo, hombres y mujeres de buena voluntad!
¡Gracia y paz en abundancia para vosotros! En mi espíritu conviven en estos momentos dos
sentimientos contrastantes. Por una parte, un sentido de incapacidad y de turbación
humana por la responsabilidad ante la Iglesia universal que ayer se me confío de sucesor
del apóstol Pedro en esta sede de Roma. Por otra parte, siento viva en mí una gratitud
profunda a Dios, que, como cantamos en la liturgia, no abandona a su rebaño, sino que lo
conduce a través de los tiempos bajo la guía de quienes Él mismo ha escogido como
vicarios de su Hijo y ha constituido pastores (Cf. "Prefacio de los apóstoles"
I).
Queridísimos, este agradecimiento íntimo por un don de la misericordia divina prevalece
en mi corazón a pesar de todo. Y lo considero como una gracia especial que me ha
concedido mi venerado predecesor, Juan Pablo II.Me parece sentir su mano fuerte que
estrecha la mía, me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras que en este
momento se dirigen particularmente hacia mí: "¡No tengas miedo!".
La muerte del Santo Padre Juan Pablo II y los días sucesivos han sido para la Iglesia y
para el mundo entero un tiempo extraordinario de gracia. El gran dolor por su
desaparición y la sensación de vacío que ha dejado en todos se han mitigado gracias la
acción de Cristo resucitado, que se ha manifestado durante largos días en la oleada
conjuntas de fe, de amor y de solidaridad espiritual, culminada en sus exequias solemnes.
Podemos decirlo: los funerales de Juan Pablo II han sido una experiencia verdaderamente
extraordinaria en la que se ha percibido en cierto sentido la potencia de Dios, que, a
través de su Iglesia, quiere formar con todos los pueblos una gran familia a través de
la fuerza unificadora de la Verdad y del Amor (Cf. "Lumen gentium", 1). En la
hora de la muerte, conformado con su Maestro y Señor, Juan Pablo II coronó su largo y
fecundo pontificado, confirmando en la fe al pueblo cristiano, reuniéndolo en torno a sí
y haciendo que se sintiera cada vez más unida toda la familia humana. ¿Cómo no sentirse
apoyados por este testimonio? ¿Cómo no experimentar el aliento que procede de este
acontecimiento de gracia?
Sorprendiendo todas mis previsiones, la Providencia divina, a través del voto de los
venerados padres cardenales, me ha llamado a suceder a este gran Papa. Vuelvo a pensar en
estas horas en lo que sucedió en la región de Cesarea de Filipo hace dos mil años.Me
parece escuchar las palabras de Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios
vivo", y la solemne afirmación del Señor: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia.Ati te daré las llaves del Reino de los Cielos" (Mateo 16,
15-19).
¡Tú eres el Cristo! ¡Tú eres Pedro! Me parece revivir esa misma escena evangélica;
yo, sucesor de Pedro, repito con estremecimiento las palabras estremecedoras del pescador
de Galilea y vuelvo a escuchar con íntima emoción la consoladora promesa del divino
Maestro. Si es enorme el peso de la responsabilidad que cae sobre mis pobres hombros,
también es desmesurada la potencia divina sobre la que puedo contar: "Tú eres
Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mateo 16, 18). Al escogerme como
obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su vicario, ha querido que sea esa piedra en
la que todos puedan apoyarse con seguridad. A Él le pido que supla la pobreza de mis
fuerzas, para que sea valiente y fiel pastor de su rebaño, siempre dócil a las
inspiraciones de su Espíritu.
Me dispongo a emprender este ministerio peculiar, el ministerio petrino al servicio de la
Iglesia universal abandonado humildemente en las manos de la Providencia de Dios. En
primer lugar, renuevo a Cristo mi adhesión total y confiada: "In Te, Domine,
speravi; non confundar in aeternum!".
A vosotros, señores cardenales, con el espíritu agradecido por la confianza que me
habéis demostrado, os pido que me sostengáis con la oración y con la colaboración,
constante, activa y sabia. Les pido también a todos los hermanos en el episcopado que
estén a mi lado con la oración y con el consejo para que pueda ser verdaderamente el
Servus Servorum Dei. Como Pedro y los demás apóstoles constituyeron por voluntad del
Señor un único colegio apostólico, del mismo modo el sucesor de Pedro y los obispos,
sucesores de los apóstoles, tienen que estar estrechamente unidos entre ellos, como lo
reafirmó con fuerza el concilio (Cf. "Lumen gentium", 22). Esta comunión
colegial, si bien en la diversidad de papeles y de funciones del romano pontífice y de
los obispos, está al servicio de la Iglesia y de la unidad de la fe, de la que depende
notablemente la eficacia de la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo. Por
tanto, quiero proseguir por esta senda en la que han avanzado mis venerados predecesores,
preocupado únicamente de proclamar a todo el mundo la presencia viva de Cristo.
Tengo ante mí, en particular, el testimonio del Papa Juan Pablo II. Deja una Iglesia más
valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que, según su enseñanza y su ejemplo, mira
con serenidad al pasado y no tiene miedo del futuro. Con el Gran Jubileo se ha adentrado
en el nuevo milenio, llevando en las manos el Evangelio, aplicado al mundo actual a
través de la autorizada relectura del concilio Vaticano II. El Papa Juan Pablo II
presentó justamente ese concilio como brújula para orientarse en el vasto océano del
tercer milenio (Cf. carta apostólica Novo millennio ineunte, 57-58). En su testamento
espiritual anotaba: "Estoy convencido de que las nuevas generaciones podrán servirse
durante mucho tiempo todavía de las riquezas que ha ofrecido este concilio del siglo
XX" (17.III.2000).
De modo que, al prepararme también yo al servicio del sucesor de Pedro, quiero reafirmar
con fuerza la voluntad decidida de proseguir en el compromiso de realización del concilio
Vaticano II, siguiendo amis predecesores y en continuidad fiel con la tradición de dos
mil años de la Iglesia. Este año se celebrará el cuadragésimo aniversario de la
conclusión de la asamblea conciliar (8 de diciembre de 1965). Con el pasar de los años,
los documentos conciliares no han perdido su actualidad; al contrario, sus enseñanzas se
revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la
sociedad actual globalizada.
Mi pontificado inicia de manera particularmente significativa mientras la Iglesia vive el
año especial dedicado a la Eucaristía. ¿Cómo no percibir en esta coincidencia
providencial un elemento que debe caracterizar el ministerio al que estoy llamado? La
eucaristía, corazón de la vida cristiana y manantial de la misión evangelizadora de la
Iglesia, no puede dejar de constituir el centro permanente y la fuente del servicio
petrino que me ha sido confiado.
La eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando
por nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su cuerpo y su sangre. De la
comunión plena con Él, brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en
primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y testimonio
del Evangelio, el ardor de la caridad por todos, especialmente por los pobres y los
pequeños.
En este año, por lo tanto, se tendrá que celebrar con relieve particular la solemnidad
del Corpus Christi. La eucaristía será el centro de la Jornada Mundial de la Juventud en
Colonia y en octubre, de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, cuyo tema
será: "La eucaristía, fuente y cumbre de la vida y la misión de la Iglesia".
Les pido a todos que intensifiquen en los próximosm eses el amor y la devoción a Jesús
Eucaristía y que expresen con valentía y claridad la fe en la esperanza real del Señor,
sobre todo mediante la solemnidad y la dignidad de las celebraciones.
Se lo pido de manera especial a los sacerdotes, en los que pienso en este momento con gran
cariño. El sacerdocio ministerial nació en el Cenáculo, junto con la eucaristía, como
tantas veces subrayó mi venerado predecesor Juan Pablo II. "La existencia sacerdotal
ha de tener, por un título especial forma eucarística",escribió en su última
carta para el Jueves Santo (n. 1). Contribuye a este objetivo sobre todo la devota
celebración cotidiana de la santa misa, centro de la vida y de la misión del cada
sacerdote.
Alimentados y apoyados por la Eucaristía, los católicos no pueden dejar de sentirse
estimulados a tender a esa plena unidad que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo.
El sucesor de Pedro sabe que tiene que hacerse cargo de modo muy particular de este
supremo deseo del divino Maestro. A Él se le ha confiado la tarea de confirmar a los
hermanos (Cf. Lucas 22, 32).
Plenamente consciente, por tanto, al inicio de su ministerio en la Iglesia de Roma que
Pedro ha regado con su sangre, su actual sucesor asume como compromiso prioritario
trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos
los seguidores de Cristo. Ésta es su ambición, éste es su apremiante deber. Es
consciente de que para ello no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos. Son
precisos gestos concretos que penetren en los espíritus y remuevan las conciencias,
llevando a cada uno hacia esa conversión interior que es el presupuesto de todo progreso
en el camino del ecumenismo.
El diálogo teológico es necesario. También es indispensable profundizar en los motivos
históricos de decisiones tomadas en el pasado. Pero lo que más urge es esa
"purificación de la memoria", tantas veces evocada por Juan Pablo II, la única
que es capaz de preparar los espíritus para acoger la verdad plena de Cristo. Cada quien
debe presentarse ante Dios, juez supremo de todo ser vivo, consciente del deber de
rendirle cuentas un día de lo que ha hecho o no ha hecho por el gran bien de la unidad
plena y visible de todos sus discípulos.
El actual sucesor de Pedro se deja interpelar en primera persona por esta petición y
está dispuesto a hacer todo lo posible para promover la causa fundamental del ecumenismo.
Tras las huellas de sus predecesores, está plenamente determinado a cultivar toda
iniciativa que pueda parecer oportuna para promover contactos y el entendimiento con los
representantes de las diferentes iglesias y comunidades eclesiales. A ellos les dirige
también en esta ocasión el saludo más cordial en Cristo, único Señor de todos.
Regreso con la memoria en este momento a la inolvidable experiencia que hemos vivido todos
con motivo de la muerte y del funeral por el llorado Juan Pablo II. Junto a sus restos
mortales, colocados en la desnuda tierra, se recogieron los jefes de las naciones,
personas de todas las clases sociales, y especialmente jóvenes, en un inolvidable abrazo
de afecto y admiración. El mundo entero ha dirigido hacia él su mirada con confianza. A
muchos les pareció que esa intensa participación, amplificada hasta los confines del
planeta por los medios de comunicación social, era como una petición común de ayuda
dirigida al Papa por parte de la humanidad actual, que turbada por incertidumbres y
temores, se plantea interrogantes sobre su futuro.
La Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma la conciencia de la tarea de volver a
proponer al mundo la voz de Aquél que dijo: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga
no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8, 12). Al
emprender su ministerio, el nuevo Papa sabe que su deber es hacer que resplandezca ante
los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia luz, sino la de Cristo.
Con esta conciencia me dirijo a todos, tama aquellos que siotras religiones o que
simplemente buscan una respuesta a las preguntas fundamentales de la existencia y todavía
no la han encontrado. Me dirijo a todos con sencillez y cariño para asegurarles que la
Iglesia quiere seguir manteniendo con ellos un diálogo abierto y sincero, en búsqueda
del verdadero bien del ser humano y de la sociedad.
Invoco de Dios la unidad y la paz para la familia humana y declaro la disponibilidad de
todos los católicos a colaborar en un auténtico desarrollo social, respetuoso de la
dignidad de todo ser humano.
No escatimaré esfuerzos y sacrificio para proseguir el prometedor diálogo emprendido por
mis venerados predecesores, con las diferentes civilizaciones, para que de la comprensión
recíproca nazcan las condiciones para un futuro mejor para todos.
Pienso particularmente en los jóvenes. A ellos, interlocutores privilegiados del Papa
Juan Pablo II, dirijo mi afectuoso abrazo en espera, si Dios quiere, de encontrarme con
ellos en Colonia, con motivo de la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Queridos
jóvenes, futuro y esperanza de la Iglesia y de la humanidad, seguiré dialogando y
escuchando vuestras esperanzas para ayudaros a encontrar cada vez con mayor profundidad a
Cristo viviente, el eternamente joven.
"Mane nobiscum, Domine!". ¡Quédate con nosotros, Señor! Esta invocación, que
es el tema señero de la carta apostólica de Juan Pablo II para el año de la
Eucaristía, es la oración que brota de modo espontáneo de mi corazón, mientras me
dispongo a iniciar el ministerio al que me ha llamado Cristo. Como Pedro, también yo
renuevo a Dios mi promesa de fidelidad incondicional. Sólo quiero servirle a Él,
dedicándome totalmente al servicio de su Iglesia.
Como apoyo en el cumplimiento de esta promesa, invoco la materna intercesión de María
santísima para. En sus manos pongo el presente y el futuro de mi persona y de la Iglesia.
Que intercedan también los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos.
Con estos sentimientos os imparto a vosotros, venerados hermanos cardenales, a quienes
participan en este rito y a cuantos lo siguen mediante la radio y la televisión, una
especial y afectuosa bendición.
Traducción del original en latín realizada
por Zenit